Nació en Inglaterra en el siglo XVII.
Consistía en un viaje por Europa, con Italia como destino imprescindible, cuyo objetivo era el de completar la educación de los jóvenes aristócratas.
Suponía un antes y un después.
Fue un fenómeno social, educativo y cultural, una experiencia única, el antecedente del turismo cultural.
La realización del Grand Tour implicaba status.
Se decía que quien no emprendiera este viaje debería ser consciente de su inferioridad.
Había nacido una nueva forma de viajar que en nada tenía que ver con la realizada por un comerciante, geógrafo, diplomático, marino, militar o peregrino.
A partir de este momento el viaje fue considerado como el mejor camino hacia el conocimiento, el aprendizaje, la observación y el entendimiento de otras culturas y costumbres.
La primera referencia que tenemos del Grand Tour es la guía de Richard Lassels de 1670, The Voyage of Italy (El viaje a Italia), en donde se narraba el periplo que realizaban los jóvenes de las élites inglesas.
Además de un tutor, a modo de guía, el muchacho llevaba un diario en el que anotaba los lugares y experiencias con las que se encontraba. Hoy hacemos lo mismo, utilizamos las fotos o el video.
El escritor alemán Goethe –Fausto (1832), obra de referencia de la literatura universal-, realizó durante un año y medio un viaje a Italia con el objetivo de conocer los orígenes y la esencia de la cultura grecolatina, además de buscar una experiencia de introspección.
En 1816 publicó Viaje a Italia, libro que supuso una innovación que influyó en los viajeros posteriores.

El Grand Tour desde Inglaterra solía iniciarse en Calais.
Desde allí partía rumbo París bajando por sur de Francia donde se visitaba el valle del Ródano (Lyon y Aviñón) hasta llegar a la Provenza y el Languedoc.
Se cruzaban los Alpes para llegar a Turín-Milán-Venecia-Florencia-Roma (imprescindible), finalizando en Nápoles, en las ruinas de Pompeya y Herculano que habían sido descubiertas 1739 por el ingeniero español Roque Joaquín de Alcubierre.
A los británicos se les unieron franceses, alemanes, holandeses, rusos, suecos, daneses, y en menor medida españoles, caso del escritor Leandro Fernández de Moratín, El sí de las niñas (1806).
A modo de recuerdo aparecieron lo que hoy conocemos como “souvenirs”. Se pusieron de moda vistas de Venecia y Roma que los viajeros se llevaban a casa.
Destacan las realizadas por Canaletto:

Giovanni Pannini:

Y los grabados de ruinas romanas de Piranesi:

En Roma, la demanda de antigüedades y obras de arte creó una pujante industria de compraventa de souvenirs. Por un lado, se impulsaron las excavaciones en busca de vestigios arqueológicos, y por otro, aparecieron pintores, escultores y orfebres dispuestos a satisfacer las peticiones.
El Grand Tour tuvo su Edad de Oro en el siglo XVIII con la Ilustración, pero fue esta la que promulgó nuevas formas de pensamiento, de educación y de abordar el conocimiento y la que hizo que poco a poco decayese.
Para los que no podían permitírselo apareció el Petit Tour, el primer “paquete turístico” de la historia con precios más asequibles. El recorrido comprendía París, Bruselas y Ámsterdam.
A finales del siglo XVIII el Grand Tour se masificó. Y como en la actualidad, apareció su parte oscura, la más nefasta.


Recorrer el continente con fines formativos degeneró en bebida, juego y prostitución: libertinaje puro y duro.
Sin embargo, los resultados del Grand Tour fueron más positivos y beneficiosos que perniciosos, nunca un viaje había dado como resultado un aprendizaje de tal envergadura.
Y, tras 150 años, las Guerras Napoleónicas (1803-1815) marcaron su final. Con la aparición de la burguesía como clase en ascenso y los nuevos medios de transporte, surgió otra nueva forma de viajar, de hacer turismo, pero…eso lo iremos contando poco a a poco.






